Carta a un desconocido (homenaje a Cortázar)

Mañana hubiese cumplido Julio Cortázar noventainueve añitos. Este micro relato lo basé en su "rayuela". Va por usted, maestro!


CARTA A UN DESCONOCIDO.

El pequeño y oscuro local estaba lleno de adolescentes. Desde que la biblioteca municipal se había puesto al día con una serie de ordenadores conectados a internet, era casi imposible encontrar un hueco en sus mesas; las terminales siempre ocupadas y el resto de pupitres con chavales pasando el tiempo, a la espera de que quedase libre una pantalla.
No había nadie leyendo un libro. Hecho hasta cierto punto lógico, pues la biblioteca se nutre de aportaciones de particulares y nadie se desprende de sus lecturas favoritas y bien encuadernadas de forma tan altruista (bueno, hablo de mí particularmente).
Repasé con desgana las últimas aportaciones hasta que un título llamó mi atención: "Rayuela", de Julio Cortázar.
Lo abrí por la primera página. No, no era el mío. Mi ejemplar tenia mi nombre y la fecha de adquisición para evitar lo que había sucedido; un préstamo a un ignoto amigo que debió archivarlo con los suyos al terminar su ardua lectura.
Iba a reintegrarlo a su estante cuando noté un papel que sobresalía, precisamente, del final del capitulo cincuenta y seis.
Una hoja amarillenta, escrita con una cuidada y apelmazada caligrafía. Para un perito en la materia hubiesen sido pistas suficientes para dar con la identidad de su autor.
"He llegado hasta aquí, por enésima vez, y cada lectura me reafirma en la impresión de paralelismo entre la obra y mi caótica vida.
Siempre me he regido por unos principios éticos que no han hecho más que complicarme la existencia. Cuando más firmes han sido mis convicciones y más recto mi proceder es cuando he sembrado la infelicidad alrededor mío y he sufrido la incomprensión de los que me rodean.
No tengo más remedio que partir, recomenzar de la nada y esperar que me perdonen por mi cobardía."


Me acerqué, con el libro en las manos, hasta la mesa de Ana, la bella, dulce y amable bibliotecaria que no parecía tener más razón para vivir que los libros de aquel lugar.

Ana, ¿sabes quien ha donado este libro?


La joven dejó resbalar sus gafas hasta la punta de la nariz, levantó la cabeza y me miró con una enigmática sonrisa.

Ya has visto la nota, ¿no?
Sí, claro, ¿forma parte de un juego?
No lo sé, el libro no está registrado, apareció un día en ese estante y con esa nota en su interior. Tú eres la enésima persona que me pregunta lo mismo y mi respuesta siempre es la misma. No sé nada de este asunto.
Entonces, ¿por qué lo mantienes ahí, con la nota?
No lo sé, espero que algún lector me dé una respuesta.
Me lo llevo, ¿lo anotas?
No, sé que lo devolverás y no consta en el registro.


Regresé a casa con impaciencia. Estaba convencido de que el libro ocultaba alguna pista sobre el autor de aquella extraña nota.
Abrí una cerveza, me senté en mi sillón favorito y recomencé la segunda lectura de "Rayuela" con una nueva perspectiva: descubrir al autor de la nota.
Hasta muy avanzado el capitulo veintiocho no obtuve lo que parecía una primera pista. Una frase subrayada con lápiz:

"- Andá a ver que no hagan una estupidez -le dijo Oliveira -.El viejo tiene como ochenta años, y está loco."

No era mucho, pero el subrayado debía tener un significado si lograba encontrar su continuación.
Cerca de las tres de la madrugada encontré un segundo subrayado, ya en el capitulo cuarenta y uno.
"- Yo esta tarde después del dentista me corro hasta la modista que está a una cuadra."


El sueño me vencía y me acosté dando vueltas a aquellas dos frases. Dormí mal y con pesadillas en las que me veía corriendo por los bulevares de París buscando el taller de una inexistente modista.
No terminé el libro, pasé hoja por hoja lo capítulos que me restaban sin encontrar ningún subrayado más. Por la tarde regresé a la biblioteca.
Ana no se sorprendió de verme aparecer por allí.

¡El libro no te ha dejado dormir!
¿Cómo lo sabes? - Respondí taciturno.
Esas ojeras te delatan... ¿tienes alguna pista?


Le hablé de mi hallazgo y se mostró interesada.

Si me esperas hasta las ocho, vamos a tomar un café a ese bar que han abierto en la otra manzana y le buscamos un significado a ese galimatías…


La propuesta de Ana me sorprendió y halagó, pero la dejé con la palabra en la boca y salí corriendo de la biblioteca.
"La otra manzana… está a una cuadra"…


Tracé un circulo imaginario en torno a la biblioteca y comencé a caminar buscando, ya no una modista, sino una señal milagrosa, algo que casara con aquellas extrañas frases que parecían escogidas al azar.
La tercera vez que pasé ante el geriátrico local, tuve una extraña revelación:
"El viejo tiene como ochenta años…"

Entré decidido en el local pero sin saber qué hacer.
Una monjita salió en mi ayuda.

¿Puedo ayudarle en algo?
Pues... ¡sí!, un interno me dejó este libro y ahora no recuerdo su nombre, quisiera devolvérselo.
Pues no sé, pasé usted a la sala y mire a ver si le encuentra.


Nunca hasta entonces había entrado en una residencia de ancianos.
En una gran habitación y sin orden ni concierto, sillas, mesas, sofás y tresillos ocupados por decenas de personas mayores de ochenta años. Un viejo televisor atronaba el ambiente pero ni uno solo de ellos le prestaba la menor atención. La mayoría tenían la mirada perdida en el vacío, alguno pasaba las páginas de una revista sin fijarse en lo que en ellas aparecía, otros parecían enzarzados en un dialogo de sordos o en un monólogo interminable con la pared como único oyente.
Avancé entre los intérpretes de aquel desolador espectáculo con el libro apoyado sobre mi pecho y esperando un signo de inteligencia casi imposible.
Desde una silla de ruedas, un vejete me miraba divertido. Me hizo una seña para que me acercase.

Rayuela - Afirmó con convicción.


El libro parecía saltar sobre mi camisa, los latidos de mi corazón lo empujaban. Era "él", ¡le había encontrado!
Me arrodillé emocionado ante el anciano, sin saber qué decir.

Veo que te gusta leer, tienes buenas dotes deductivas, eres buen mozo. Bueno, mi nieta Ana es un poco rara pero tampoco es mal partido…


Dios mío, Ana, ¡claro! ¿Cómo he podido estar tan ciego durante tanto tiempo?
Todavía no eran las ocho, si regresaba al centro del circulo todavía podríamos ir a tomar ese café.

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