TXAPELAS Y TXAPELAUNDIS

He sido txapelaundi desde hace más de cuarenta años y nunca me he planteado si era un signo identitario o no, al fin y al cabo eso son cosas que, a mi, celtibero de mil leches, me la lleva al pairo.


Compré la primera en Sestao cuando andaba a la chatarra de los Grandes lagos y caso insólito, me sirvió para ligar en la “Cavern” de Liverpool (En la original, no en ese absurdo remedo que hay ahora) cuando una muchachita de Penny Lane (Lo juro) exclamó :¡Hostias, un vasco!. Ni yo era vasco ni ella había estado en Bilbao pero me acompañó mientras el barco estuvo en Birkenhead y me asombré de la miseria de aquella su calle.

Cruzando el Atlántico, hacia el San Lorenzo, voló de mi cabeza en un inoportuno soplido de Eolo . Tuve tanto, o más, disgusto que Marcelo cuando al cabo de unos días salió disparado por la borda su Rolex (falso) en una infantil pelea con el que esto cuenta.

Desde entonces he tenido (y perdido) unas cuantas más. La actual, una “Elósegui”, naturalmente, la compré en León y es de una extraordinaria calidez en los fríos días de invierno. La alterno con mi elegante Stetson, con la gorrilla de fieltro y con la gorra de “Corto maltés”. Todo lo que haga falta para paliar la definitiva pérdida de la “negra madeixa al vento” que dice el fado del rapaz da camisola verde.

Viene esto a cuento porque, cíclicamente releo a Baroja y ahora estoy en ello. A don Pío y a pesar de lo que él escribe, nunca le he visto con txapela, más bien con boina y parecía un txapeltxiki de esos que demonizaba en sus escritos.

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